Almas perdidas

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Prólogo



Cuando era niño, mi abuela solía contarme historias sobre una antigua estirpe de almas y espíritus, antiguos guerreros de la tierra. Decía, que vivían bajo nuestros pies, bajo el subsuelo de la tierra. Se hacían llamar Morían, los protectores de la humanidad Igual que ellos nos cuidaban, habían otros clanes que siempre estaban en guerra, con ansias de poder Y que de estos clanes su gran rival, Forían quería morar en la tierra y acabar con la humanidad.
Siempre creí que eran extrañas, pero asombrosas historias para irse a la cama nunca creí que una de esas historias que ella contaba, fuera a tonarse real. Y que yo iba a formar parte de ella. Hasta hoy
Si quiero sobrevivir a la guerra, debo aprender todo cuanto pueda del guerrero que me acompaña. Una mujer…”


Capítulo 7


    Capitulo VII
     Desolación…


El gran camino a casa, sembrado por las tierras vacías y oscuras que la guerra ha dejado a su paso, no hace más que hervirme la sangre.


-          ¿Qué ha pasado aquí? –pregunta Daniel.


-          Los Forían… hace semanas que atacaron la ciudad. Ya solo nos queda el templo de Gelfar, es por aquí. –señalo.


Caminamos entre los restos, de lo que alguna vez nos sentimos orgullosos todos los Morianos y Morianas. Ahora tan solo queda el lamento… la nostalgia de lo que entonces fue y de lo que queda ahora…


Un aire violentamente caliente nos sacude, a nuestro paso.


-          Tenemos que darnos prisa, los cañones de los Forían, deben de estar cerca.


A pasos de gigante, llegamos al templo, donde solo encontramos a los cuatro Morianos vivos, Blodimos, Lambert, Samuel y Frimbert.


La mirada perdida de los restantes, rápidamente recupera un pequeño destello de esperanza cuando ven al joven Daniel cruzar las puertas del gran templo.


-          Lo has conseguido. –dice Blodimos, llevándose las manos a la cabeza y dando saltos de alegría. -¡Salvados! ¡Estamos salvados! –grita.


Mientras nos aproximamos, observo los rostros de los tres supervivientes, que además de Blodimos siguen con nosotros.


Samuel se vuelve rápidamente hacia Blodimos y le apuñala en un costado. Frimbert cae a manos de Lambert que nos mira con odio.


No puedo creer lo que ven mis ojos… Lambert y Samuel…


-          Detente, Selene o acabo definitivamente con ellos. –grita Lambert.


-          ¡Traidor! Nos has traicionado a todos, nosotros que te amábamos y admirábamos como a un Dios. –grito.


-          Creía que lo sabías… -dice Daniel.


-          ¿Cómo? –pregunto asombrada.


-          El pergamino… anoche el pergamino, Blodimos dijo que Lambert era el impostor, el traidor…


Samuel avanza hacia nosotros armados por un puñal.


-          Acércate, chico…


-          No, no lo permitiré.


-          ¿No te das cuenta de la grandeza que obtendremos con esto? Por fin seremos vistos como lo que somos, líderes de un lugar al que ninguno amamos. Durante siglos, hemos cuidado de la humanidad y de todo cuanto les rodeaba. Los humanos son destructivos  y odian a todo aquel que vive en paz fuera de sus dominios. Especies maravillosas exterminadas a manos del hombre y todo por el mismo deseo, la riqueza.


Lambert se aproxima despacio.


-          Eso no te da derecho a acabar con la raza humana, estás hablando de algo que vas a hacer tu también… ¿no te das cuenta? –respondo, mientras Daniel y yo, retrocedemos pasito a pasito hacia atrás.


-          Se acabo, Selene. Este es el fin de los Morían… -dice, alzando la mano con la que sostiene la daga.


-          No, siempre quedará alguien… -digo, viendo los pasos de Lambert a su espalda.


-          ¿Quién? –pregunta confuso.


-          Yo. –responde Lambert, acabando con él fundiendo el acero de su espada en el cuerpo de Samuel.


Samuel cae arrodillado, junto a nuestros pies.


-          Tranquilos, Frimbert está bien. Le inyecte belladona, para que se relajara…


-          Pues, parece muerto. –responde Daniel.


-          Tal vez le inyecte demasiada. –dice Lambert, mientras nos aproximamos a los heridos.


Blodimos, tiene una herida en un costado, que gracias a la energía mística de Lambert, se subsana rápida e indoloramente.


-          Así, que el impostor era Samuel…

Capítulo 6


Capítulo IV  
Amanece…


La noche ha transcurrido tranquila y silenciosa.


Si Daniel no se decide a acompañarme a Ginea, tendré que llevarle a rastras… no puedo dejar de pensar en que quizá en unas horas los Morían y Ginea dejen de existir…


-          Buenos días. –dice Daniel, que acaba de salir de su habitación.


-          Buenos días. –respondo, Daniel se aproxima a la cocina y comienza a sacar cosas de los armarios. –Te siento distinto… ¿sucede algo?


-          Sucede, Selene. –dice enérgicamente. –Anoche leí el pergamino.


-          ¿Lo lograste? –pregunto.


-          Si. –responde orgulloso. –Leí el pergamino y comprendí que tenías razón cuando decías que podía hacer las cosas, tan solo con la fe. Verás, hace mucho que perdí la fe en mí mismo… y no sé exactamente lo que es. Si eres tu o todo lo que has traído a mí vida, pero he decidido que quiero aceptarlo… quiero formar parte del clan de los Morían y ayudaré en todo lo que me digáis para lograr el triunfo.


-          Me alegro, Daniel.





Después de desayunar, salimos en su vehículo hasta el cementerio. Daniel dejó el vehículo a un lado del arcén y corrimos hasta la entrada del cementerio.


-          Dios… no sabía que aquí hubiese un cementerio…


-          Pues sí, esta… y está muy abandonado. Una pena…


Entramos y nos encaminamos hacia la entrada de mi panteón…


-          Un momento… -digo, deteniéndome en seco.


-          ¿Qué sucede? –pregunta Daniel, asustado.


-          No estamos solos.


Miro a nuestro alrededor y me concentro en todo cuanto nos rodea, desde el arbusto a mi izquierda hasta la zapatilla usada a dos pasos de nosotros. Daniel me entrega el pergamino despacio y lo coloco bajo mis ropas. Mi mano junto a la empuñadura de mi espada, mi mirada a nuestro alrededor y mi mente, concentrada en todos los puntos vitales del cementerio.


-          Es un Halligan… -susurro.


-          ¿Un qué?


-          Shh…


De pronto, algo cae sobre nosotros.


Un enorme Halligan, cargado de mucho mal genio y un martillo enorme. Daniel se asusta y corre hacia el coche. La hoja de mi espada reluce bajo los ardientes rayos del sol, que hoy serán los espectadores de esta lucha.


-          Volvemos a encontrarnos, princesa. –dice, con un tono de voz profundamente grave.


-          Te dije que si volvíamos a vernos, te mataría. –respondo.


Daniel se aproxima.


-          ¿Os conocíais? –pregunta asustado.


-          ¡Vuelve al coche, Daniel! –grito.


Daniel se detiene bajo la atenta mirada del Halligan.


-          ¿Has venido a por él, verdad? –pregunto.


-          Sabes que sí. –responde. –Han puesto precio a su cabeza.


-          ¿Si, cuanto? –pregunto.


-          Más de lo que jamás podría darme tu reino, a cambio de su vida. –responde. –No quiero pelear contigo, Selene… no lo hagas más difícil.


-          No dejaré que te lo lleves… no, mientras yo siga teniendo vitalidad en mis venas.


-          Tu misma. –responde.


Un salto del Halligan lo pone a menos de un metro de Daniel, que parece estar paralizado por el miedo.


Mi velocidad y precaución, me sitúan frente al Halligan haciendo fuerza con mi espada, contra su martillo de hierro de una tonelada.


-          ¡Corre Daniel! –grito.


Mientras Daniel corre hasta el coche, la pelea entre el Halligan y yo parece una broma. Evade mis ataques como si fuera un simple insecto, se dirige a paso firme hasta la localización de Daniel, quién espera nervioso con el motor en marcha.


-          ¡Pelea conmigo! –grito, sin respuesta alguna del Halligan. -¡Lucha contra mí! ¡Maldito cobarde!


El Halligan se detiene.


Su aspecto devastador, alto de unos tres metros y ancho como un elefante, con la fuerza de un mamut y su roja cabellera, me mira con sus diminutos ojos negros, con la furia de un tifón.


-          No he venido para pelear contigo. –responde, enojado. –Te sugiero que te apartes y cierres tu boquita, ¿entiendes?


-          Sigues siendo un cobarde, te da miedo luchar con una mujer porque sabes que vas a perder.


-          Esta vez no funcionara…


-          ¿Qué es lo que no va a funcionar? –pregunto.


-          Esta vez no caeré en tus trampas de mujer. No, nada de eso. –responde.


Sonrío y le miro con indiferencia, mientras muestro el pergamino.


-          Eres una tramposa… -responde, mientras cae aturdido.


-          Armas de mujer… tú lo dijiste.


Daniel sale del vehículo.


-          ¿Qué le has hecho?


-          Es un hechizo de confusión, pero no le durara mucho. Será mejor que nos demos prisa.


Y ahora, camino a Ginea.

Capítulo 5


Capítulo V




     Comprensión…


Si hay algo que destacar en el comportamiento o carácter de los ángeles, es la comprensión.


Daniel escucha atento y permanece en silencio, hasta que termino de relatarle lo sucedido. Le hablo de las guerras entre los clanes, del gran papel que deberá asumir para salvar Ginea y le hablo de la misión.


-          Entonces, ¿qué es lo que sois? ¿Ángeles caídos o algo así?


-          Nuestra especie comenzó a partir de un ángel caído y un alma blanca. Si nuestro Dios cae, la humanidad caerá con nosotros.


-          ¿Vuestro Dios?


-          Si, Gelfar. Él es quién nos entregó las claves para proteger a la humanidad y los motivos por los cuales debíamos hacerlo. Él es el centro de la energía mística que nos rodea, sin él… nada tendría sentido.


-          Comprenderás que para mí, esto es… rarísimo, ¿no? –dice, poniéndose en pie. –Si no te hubiera visto en un aprieto, frente al videoclub, no creería nada de lo que me estas contando.


-          Lo sé. –digo, sacando el pergamino de la verdad.


-          ¿Qué haces? ¿Qué es eso? –pregunta acercándose.


-          Es el pergamino sagrado, sin él no podría utilizar la energía mística en tu mundo. Él es todo sabiduría… tómalo.


-          ¿Me lo das a mí? ¿Para qué sirve? ¿Qué hago con él?


-          Léelo.


-          ¿Qué lo lea? Pero… esto está en otro idioma que ni si quiera conozco.


-          Ten fe, Daniel. Eres un mestizo, hijo de un ángel caído… puedes entender mi idioma, pero tienes que desearlo…


Tras varios intentos, se da por vencido.


-          ¡No puedo! No puedo ayudarte, Selene. –grita nervioso. –No soy nadie especial, solo soy un chic huérfano que jamás conoció a su padre, que se crió en la calle y trabaja en un videoclub por seis dólares la hora… -me entrega el pergamino. –me voy a la cama. Puedes quedarte aquí y dormir en el sofá o la habitación al final del pasillo… hay comida en el frigorífico y no sé… descansa. –dice deprimido.


Mientras observo cómo se arrastra hasta su habitación, dejo la mirada libre de pensamientos y la deposito sobre el pergamino. Este acaba de emitir un hermoso destello.


-          Noticias… -pienso en voz alta.


Abro el pergamino y observo las letras, balanceándose sobre el papel hasta que logran tener sentido.


 “Selene, el tiempo se agota y corremos peligro. Los Forían conocen nuestro propósito de reclutar al mestizo y se disponen a atacar mañana a medio día. Si no te das prisa, desapareceremos del mapa, con la facilidad de un chasquido.


Además, hemos perdido a Collin…


Intuyo que corréis peligro, estéis donde estéis… tened cuidado.”


Suspiro profundamente.


No podemos dejar que los Forían acaben con miles de años de sacrificio…


Me pongo en pie y me aproximo hasta la habitación, donde Daniel descansa y llamo a su puerta.


-          ¿Qué pasa? –dice con un tono deprimido.


-          Daniel… acabo de tener noticias… otro Moriano ha caído. Mañana a medio día atacaran nuestra base… si eso sucede, los Forían tendrán el destino de la tierra en sus manos…


-          Selene… yo, no sé qué más puedo hacer… -dice, restregándose los ojos con la manga de la camiseta.


-          Ven mañana conmigo, a Ginea. –digo entregándole el pergamino. –Piénsalo, al menos…


Le dejo con sus pensamientos, a pesar de que sé que no le será fácil conciliar el sueño. En su interior ha comenzado una lucha de dudas e indecisiones, que tuvo comienzo hace miles de años antes incluso de que la tierra tal y como él la conoce, existiera.





-          Esto es de locos…


Tiro el pergamino a un lado de la habitación y me echo sobre la cama, mientras acomodo las ropas algo despierta mi atención. El pergamino esta sobre la cama.


-          ¿Cómo demonios ha llegado ahí? –pienso en voz alta.


Algo sucede, algo que no sabría explicar. Una especie de resplandor aparece de la nada y se fija en aquel pergamino endemoniado que no logro comprender.


Mi curiosidad estalla y finalmente lo sostengo entre mis manos, con deseos de leer su contenido.


En mi cabeza puedo oír las palabras de Selene.


“Ten fe, Daniel. Eres un mestizo, hijo de un ángel caído… puedes entender mi idioma, pero tienes que desearlo…”


Suspiro profundamente y miro su interior…


Las letras se mueven de aquí para allá como por arte de magia y rápidamente comienzan a darle un sentido.


 “Mi nombre es Blodimos, consejero y hechicero real del clan de los Morían.


Tú curiosidad no tiene límites, así como tu fuerza, velocidad y energía mística. Tú sangre es la salvación de nuestro pueblo. A espaldas de todos los Morianos, traicionados  por nuestro propio líder Lambert, nos hemos visto involucrados en una masacre que acabará con la protección de la tierra y las barreras que separan nuestros reinos. Luz y oscuridad se verán las caras sobre la tierra y la especie humana, vera el fin de sus días.


Tú, eres nuestra última esperanza… ¿aceptaras el reto?

Capítulo 4


Capítulo IV




    Fuerzas de la Oscuridad…


Mientras llamo a la lluvia y espero a Daniel, observo minuciosamente a los Godyers rastreando los restos de vitalidad que dejaron sus antecesores. Rastrean en busca de su energía mística y pronto, se darán cuenta de que yo tengo una fuente más intensa. Atraídos por la fuerza de mi energía, se enfrentaran al acero de mi espada y a los cientos de años de práctica que forman parte de mi estilo.


-          ¡Mirad, amigos! Una Moriana… -dice uno de ellos, deslizándose hasta llegar a mí.


-          ¿No te parece que estas muy lejos de casa? –dice otro, aproximándose a mí.


Me encuentro recostada contra la pared del local, Daniel parece estar haciendo cuentas o algo así y no parece darse cuenta de lo que sucede a pocos metros de él.


-          Te advierto… no des ni un paso más. –digo, con una voz tranquila y pausada.


-          ¿Tú nos amenazas? Somos veinti dos contra uno, y ya no somos tan débiles como antes, niña…


-          ¿Crees que te tengo miedo, basura infernal?


Si quieres cabrear a un Godyer, llámalo basura pero si quieres cabrear un montón, llámalos basura infernal o desechos del infierno y tendrás una fiesta…


-          Bonitos dientes, Godyer. –digo segura de mi misma, mientras sostengo la empuñadura de mi espada discretamente.


-          Esperad… no creo que te encuentres en la tierra por un simple viaje de placer. –dice el más grande acercándose. –Si estás aquí, es por algo en cuestión… he oído que los Forían han reclutado a vuestro voluptuoso ejercito… -dice, echando un vistazo tras de mí. -¿Quién es?


-          ¿A caso me meto yo, en tu vida amorosa? ¡Oh! Lo olvidaba… los Godyers no conocéis el amor, sino el dolor y el odio…


-          Estas jugando con fuego, niña… somos demasiados para ti.


-          ¿Eso crees? –pregunto retirándome de la pared. –Permíteme que discrepe.


Espada en mano, la lucha da comienzo. Nunca antes había luchado con tantos Godyers a la vez, que además estuvieran tan preparados para la caza en manada. Mientras dos me atacan por la espalda un tercero intenta absorber mi botella de energía mística. Tengo que poner velocidad en el asunto si no quiero que Daniel se entere.


Un golpe para aquí y otro para allá, los sonidos de la lluvia no serán suficientes para ocultar estos gritos.


Me empujan contra un vehículo y siento el frio de la muerte rozando mis entrañas, mientras el Godyer intenta por todos los medios arrebatarme la botella.


Un molesto sonido repetitivo, sale del interior del vehículo y Daniel sale a mirar.


-          ¡Eh! ¿Qué pasa? –grita, saliendo del local.


Intenta ver qué sucede, pero la oscuridad del Godyer apenas le deja ver con claridad. El Godyer tiene sus frías manos en mi garganta y sigue apretando más y más fuerte. Daniel se aproxima y el Godyer se vuelve para verle desde más cerca.


-          ¡Es un mestizo! –grita. –Estas aquí por él… ¿por un mestizo? No será suficiente, tu pueblo está muerto… ¡ya de nada te sirve! Deja de luchar y únete a nosotros.


-          ¡¿Qué demonios es eso que te ataca?! –no puedo mediar palabra. -¡¿Qué puedo hacer?!


Intento comunicarme con él mentalmente, pero está demasiado cerrado. Eso muestra que no conoce nada acerca del origen de su padre. Intento señalarle con el pie mi espada, que está a un lado de la carretera. Daniel corre a cogerla, espada en mano tiene dudas y todavía no sabe qué hacer… pero quiere ayudarme y esas dudas no le dejan pensar con claridad…


-          ¿Qué hago? ¡dime!


-          ¡Atraviésalo! –grito casi sin fuerzas.


Daniel duda unos segundos y después atraviesa al Godyer que cae a sus pies. Desgraciadamente, la punta de la hoja, ha atravesado mi costado y apenas tengo fuerzas para recopilar la energía mística. La lluvia casi ha consumido mis reservas y Daniel, no sabe que tiene que hacer…


-          Dios… ¿qué demonios es esto? –pregunta alterado.


-          Es un Godyer… -digo, dejándome caer al suelo.


-          Dios mío, ¿estás herida? –grita, corriendo hacia mí. -¿He sido yo? ¿yo te he hecho esto? –pregunta asustado.


Retiro con cuidado la cadena que sostiene mi botella y la dejo en sus manos, sin dejar de tocarla.


-          Tienes que inclinarte sobre las manchas más oscuras de la carretera… necesito que la botella se llene y sanaré mis heridas. Pero si lo haces y te llevas la botella, desapareceré… no te preocupes, estaré aquí, pero tú no podrás verme.


-          Vale…no entiendo nada de lo que dices… pero voy a hacerlo.


-          Bien…


Daniel se aleja tan solo unos pasos de mí y ve como desaparezco lentamente ante sus ojos. Asombrado, ahora cree en lo que le había pedido y corre por toda la calle llenando la botella. Una vez ha terminado se acerca despacio hasta mí y me la entrega. Asombrado comprueba como la botella parece levitar, hasta que lentamente comienzo a ser visible. Dejo caer apenas unas gotas sobre mi herida y esta se desvanece como si nunca hubiera estado ahí.


-          Tía… ¿qué demonios ha pasado aquí? –pregunta dando un paso hacia atrás. -¿Qué demonios eres? ¿Qué demonios era esa cosa?


Me pongo en pie y coloco la botella nuevamente, al pie de la cadena que oculto bajo mis ropas.


-          Estas en peligro, la misión ha cambiado. Debo mantenerte a salvo… pero tenemos que ir a Ginea. –digo, sacudiéndome la ropa.


-          ¿Ginea? Mira tía…siento mucho haberte herido, pero no pienso ir a ninguna parte hasta que me lo expliques, ¿vale?


-          Vale… pero, ¿tienes algún lugar donde podamos ocultarnos?


-          ¿Quieres decir, mi casa? Claro… aunque no es un gran lugar… en realidad es un apartamento pequeño…


-          No importa, llévanos hasta allí.


Antes de ponernos en marcha, Daniel termina sus que haceres en el videoclub. Después subimos a su vehículo y nos ponemos en camino a su apartamento.


El camino, en el interior del vehículo se hace incómodo y silencioso. De vez en cuando me mira de reojo con desconfianza, pero no se atreve a mediar palabra.


-          No te he dado las gracias por ayudarme con aquel Godyer.


-          ¡Ah! Bueno… ha sido un placer… bueno, no ha sido un placer herirte… pero… bueno, ya me entiendes. –dice tímido.


Sonrío y nos volvemos a quedar en silencio.


-          ¿Qué es un Godyer? –pregunta.


-          Un Godyer es un alma malvada y oscura. Disfrutan y se engrandecen creando graves accidentes. Se alimentan del dolor y el sufrimiento… el que me atacó debía de ser muy antiguo. Era muy fuerte… más que los demás.


-          ¿Cuántos habían?


-          Veintidós.


-          ¿Sueles… matar a esos seres? No se… ¿te dedicas a ello? ¿Quién demonios eres?


La pregunta permanece en el aire, mientras deja el vehículo a un lado del arcén y nos dirigimos hasta su apartamento.


-          ¡Daniel! –grita una mujer obesa desde una ventana. –Todavía me debes el alquiler del mes pasado. ¿Piensas pagarme o qué?


-          Claro, Señora Foster. He tenido unos retrasos en la nómina, pero lo tendrá ingresado mañana o quizá el lunes que viene. –responde apurado.


-          Más te vale que sea así o me veré obligada a desalojarte. –dice, con voz aguda. -¿Quién es la chica? No puedo creer que un desastre como tú, tenga novia.


-          No… no es mi novia. –dice nervioso.


-          Es una profesional, ¿entonces?


Daniel se pone nervioso y comienza a tartamudear. Coloco mi mano sobre sus hombros y se relaja instantáneamente.


-          Disculpe, señora. Pero me parece que eso a usted no le incumbe. Siga viendo la televisión y comiendo esas comidas precocinadas que suele devorar en segundos, mientras visualiza al hombre de las noticias, como el esposo al que nunca tuvo.


La mujer se queda boquiabierta y rápidamente, cierra la ventana y corre las cortinas para ocultar su desencajado rostro.


Daniel asombrado nuevamente, me lleva hasta la puerta de su apartamento. Un pisito pequeño y recogido donde hace vida desde que se emancipó con dieciocho años.


-          Bueno… ya te dije que no era gran cosa. Siéntate si quieres… -dice sentándose en un sillón.


-          Antes me has preguntado, acerca de mi identidad y supongo que tienes muchas dudas sobre mí. –digo, sentándome frente a él.


-          Claro… no entiendo nada de nada… -dice con un aire irónico.


-          Bien… comenzaré por el principio… -digo, acomodándome cerca de él sobre la alfombra.


-          Por favor, cuéntamelo todo. –insiste.


-          Me llamo Selene y soy una Moriana.

Capítulo 3


Capítulo III




   Humanos…


Tráfico…


Criaturas de la noche, dispuestas a darles caza… y ellos tan impregnados de ignorancia, que incluso dan pena…


Ciudad de los Ángeles, California… adoro esta ciudad…


-          Disculpe, estoy buscando esta calle... –digo, mostrándoles la dirección que llevo escrita, en un papel.


-          Si… -dice el hombre pensativo. –Tiene que continuar dos manzanas más abajo y allí, en cuanto llegue a ese semáforo, gire a mano derecha… creo que es un videoclub, lo verá nada más entre en la calle.


-          Gracias.


-          De nada, de nada.


Bueno, que nadie diga que la amabilidad a muerto… todavía.


Mientras paso frente a los escaparates de algunas de las tiendas de esta larguísima acera, compruebo que el consumismo en masa esta a la orden del día. La gente compra cosas que a veces ni si quiera necesitan, con arduos deseos de tener o poseer en sus manos, algo que el prójimo no tenga.


Envidia, odio… rabia, forman parte de las emociones que aquí se respiran.


Todavía no he dado unos pasos fuera de mi panteón y ya muero en deseos de regresar a él.


Conducción temeraria, la invasión de derechos de privacidad en los más conocidos o adinerados… libretos con fotografías de índole pornográfica… sencillamente, la sociedad a enloquecido.


-          ¡Eh! A ver si miras por dónde vas…-grita un chico desde un monopatín.


-          Humanos…


Mientras me aproximo hasta mi objetivo, a pesar de la actividad que aun se centra en la zona, consigo ver con claridad un grupo de Godyers. Almas oscuras y vengativas, añoran el mal que hacían cuando aun estaban vivos y continúan creando el caos, después de muertos. Desde que los Forían  han crecido en número y en capacidades místicas, estos seres han aumentado sus poderes y consiguen llegar a la humanidad creando todo tipo de fechorías. Desde accidentes de tráfico, hasta accidentes de aspecto natural, pero nunca, nunca es natural. Los Godyers se encargan de pasar desapercibidos, de culpar a la humanidad… pero son seres despreciativos y desgraciadamente, están jugando en tierra peligrosa. Se dirigen en mi misma dirección… ¡perfecto! La calle que andaba buscando es un callejón oscuro… ¡es tiempo de caza, chicos!


-          ¡Mirad! –gritan al verme.


Me muestro fría y calculadora, algo que les asusta por naturaleza…


-          Creía que conocíais las reglas… está prohibido que acudan a la tierra más de dos Godyers a la vez…


-          Conocemos el tratado Moriana… pero en estos momentos tu pueblo no se encuentra en condiciones de amenazar nuestra existencia.


-          Ajá… parece que conoces el estado de mi clan…


-          Por supuesto. Los Forían nos han dado carta blanca en la tierra y esta noche estamos hambrientos de dolor.


-          ¿Queréis dolor? –pregunto, espada en mano.


Los Godyers se preparan para un combate, mientras que mi espada esta sedienta de maldad, sus oscuros corazones están deseosos de vida Moriana… si acabaran conmigo, seguramente los Forían les ofrecerían nuevas condiciones de vida y morarían ahí donde les apeteciera.


Son un grupo de seis y en mi clan, nunca aprobamos que fueran tantos ya que podrían incluso provocar terremotos o desastres ambientales y acabar con miles de vidas de una sola atacada.


-          Adelante, chicos. Que empiece el juego.


Uno de los Godyers se lanza sobre mí con la boca abierta. Pero no hay dolor en mi interior sino ira y acabaré con todos ellos, de una sola estacada.


Su aspecto fantasmal, su cuerpo casi traslucido de un tono oscuro similar a una sombra, les ayuda a esconderse a la vista humana. Pero yo, debo ser cuidadosa. Si el objetivo me viera luchando contra algo que ni si quiera es visible al ojo humano, en la oscuridad de la noche. Todas mis esperanzas se irían al traste y con ellas, toda la misión.


El Godyer se abalanza sobre mi y logro esquivarlo, más mi espada lo atraviesa como si fuera mantequilla. Un estruendo rompe el silencio de aquel oscuro callejón y llamo a la lluvia con el poder del pergamino.


El sonido de una lluvia veloz y una tormenta, ayudan a ocultar los terribles gritos de los Godyers, mientras uno a uno caen ante la dureza y agilidad de mi espada.


Una vez yacen en el olvido, debo sacar mí lámpara de luz. Algo así como una pócima que se recarga de energía mística. Siempre debo procurar que esté llena, sin ella no podría utilizar el pergamino y tampoco, sanaría heridas o me mantendría visible al ojo humano, como lo soy ahora.


Mientras la tormenta amaina, me aproximo a lo que ellos llaman videoclub. Un amplio local con estanterías de punta a punta e incluso por el centro del local, llenas de lo que algunos creen, son mejores que los libros, películas o dvd’s, videojuegos y otros tipos de entretenimiento.


-          Hola, ¿querías algo?


¡Bien, mi objetivo! Y ya he establecido contacto…


-          Verás, estamos a punto de cerrar y…


-          ¿Estamos? –pregunto, echando una vista al local.


-          Sí, mi compañero y yo… ¿tú no eres de por aquí, verdad? Suelo acordarme de todo el mundo.-niego con la cabeza. –Bien, ¿y qué te trae por aquí? ¿vienes a alquilar, vender o… a hacerte socia? –pregunta.


Alguien sale de lo que parece ser la trastienda.


-          Oye Daniel, será mejor que me marche ya… sino, no pillaré el autobús de las once y cuarto. –dice un chico de unos treinta, mientras se dirige a la puerta.


-          Tranquilo, Tyler... ya cierro yo. ¡Ah! y que se mejore tu madre…


-          Gracias tío.


El tal Tyler abandona el videoclub y tan solo nos encontramos nosotros en su interior.


-          ¿Y bien? –pregunta de nuevo. –Verás me encantaría quedarme toda la noche, preguntándote sin parar y viendo cómo no me contestas… pero no puedo, tengo cosas que hacer, ¿sabes? –dice, acompañándome a la puerta. –Porque no vienes mañana y te hago socia, venga al primer alquiler invito yo.


-          ¿Eres Daniel? –pregunto.


-          Si. ¿por?


-          He venido a buscarte.


Nos detenemos frente a la puerta.


-          ¿Has venido a buscarme? Entonces, ¿es que me conoces? –pegunta confuso.


-          Algo así… he venido, para llevarte conmigo.


-          Ya… así que debo ir contigo… ¿a dónde si se puede saber? Porque no sé si sabes la hora que es… son las once de la noche y ya no hay locales abiertos… ¿A dónde tienes que llevarme?


-          Tengo que llevarte conmigo a Ginea.


-          ¿Dónde?


-          Mira… no tenemos tiempo, no puedo esperar a que lo comprendas. –digo cogiéndolo del brazo.


-          Un momento, tía… no pierdas la pinza. No voy a ir contigo a ninguna parte… no sé quién eres y ni si quiera sé si vienes de este planeta… pareces salida de una peli de Underworld…


-          ¿Underworld? –pregunto. -¿Qué es Underworld?


-          Una peli… mira, ven. –me lleva hasta uno de los estantes. –Salió la primera y la segunda parte, después una especie de rememorandum. No es mi favorita la verdad, como la primera no hay ninguna. Pero es mi opinión, claro. –le miro con indiferencia. –Oye, dime… ¿qué edad tienes? Quieres que… llamemos a tus padres o algo… no sé.


-          Tengo…-no puedo decirle mi edad real, sino abre perdido todas mi oportunidades.-dieciocho años y no tengo padres, han…muerto.


-          Vaya… lo siento. Pues… no sé, ¿quieres llamar a alguien o algo? Después de ese pedazo de tormenta, a no ser que tengas vehículo, no sé cómo vas a regresar a tu casa… -dice, regresando hasta la puerta y asomando la cabeza afuera. –Bueno... creo que vas a tener suerte, ha dejado de llover… es alucinante, el tiempo está cada día más loco.


-          He venido desde muy lejos, para buscarte… tienes que venir conmigo, por favor.


-          Mira… tengo que cerrar la tienda, así que…no sé. Ven mañana si quieres y te haré socia o lo que sea…pero sino… vete, estas empezando a asustarme, tía.


-          Esperare. –digo.


Mientras le espero fuera, un grupo de Godyers de unos veinte integrantes se aproxima. Son carroñeros de sus propios miembros y habrán sentido la muerte de aquellos seis. Tengo trabajo que hacer con ellos, antes de que sepan que estoy aquí en misión secreta para llevarme al último mestizo de la tierra.

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Es muy posible, que Morían los protectores de la humanidad se convierta en una trilogía. Si te están gustando los primeros capítulos, no te pierdas los siguientes libros.
Pues hay muchas almas que proteger, desde Moría. Y tú, ¿de qué lado estás?

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